Saturday, November 14, 2015

IRMA VEROLÍN

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 Irma Verolín  ha publicado : "Hay una nena que gira", "La escalera del  patio gris",  “Una luz que encandila”  “Una foto de Einstein tocando el violín”,"El puño del tiempo" y "El camino de los viajeros".  Y  también una serie de títulos en literatura infantil. Obtuvo diversas distinciones entre las que se destacan el Premio Fondo Nacional de las Artes, Beca a la creación artística del Fondo Nacional de las Artes, Premio Emecé 1993-94,  Primer premio de Encuentro de Escritores patagónicos, Primer Premio Municipal de la ciudad de Buenos Aires Eduardo Mallea,  primer Premio internacional “Horacio Silvestre Quiroga”, Primer premio Nacional Macedonio Fernández,  Primer Premio Internacional de Puerto Rico, Primer Premio  Internacional de Novela Mercosur. Tres de sus novelas fueron finalistas en los premios Fortabat, La Nación de Novela, Planeta de Argentina y  Clarín. Algunos de sus relatos fueron traducidos al inglés y alemán. Es autora de ensayos literarios y de trabajos sobre  expansión de la conciencia y calidad de vida.  En poesía publicó “De madrugada” en Ediciones del Dock y “Los días”, editorial de la Fundación Victoria Ocampo, primer premio “Horacio Armani 2014”  otorgado por la misma fundación. Coordina el ciclo “Interrelaciones” en Artistas premiados argentinos.
    
                                         EL DOMADOR DE MARIPOSAS

   Sin la menor duda el domador de mariposas realizaba una tarea deslumbrante.  Era un hombre un poco desgarbado y de ojos lánguidos.  Solamente él dominaba  una complicada red de trucos y había descubierto hasta el más  mínimo secreto para que las mariposas hicieran lo que era necesario: dar vueltas  por el  translúcido aire describiendo círculos esbeltos, quedarse posadas un tiempo prolongado sobre el hombro de  delgadas muchachas o revolotear con gracia alrededor de una orquídea.  Él sabía que  siempre las mariposas buscan la luz, de  manera que su trabajo oscilaba entre luces y oscuridades. Daba gusto verlo realizando gráciles movimientos con sus brazos, la mirada fija en una mariposa multicolor sometida a las ondulaciones de sus manos, a los conos de sombra y a las ráfagas de luminosidad que él  dominaba con inigualable  destreza. Por desgracia la vida de una mariposa es tan breve que  no bien el pobre domador se encariñaba con una de las más  bellas y atrayentes,  estaba obligado a despedirse.  La fugacidad dejaba en el aire una ráfaga entre desconsolada e inquietante; eso, demás está decir, le producía una pena infinita. Pronto se hicieron  notables los estragos que los avatares de la profesión  fueron dejando en él. El hombre se volvió taciturno y  bastante hosco. De tanto obligarlas a ir de la oscuridad hacia la luz y de la luz hacia la oscuridad para que las mariposas  se comportaron de acuerdo a lo esperado, él mismo se convirtió en un ser grisáceo que conocía a la perfección ese límite frágil que separa lo negro de lo diáfano, lo  denso de lo  sutil.  La vida es muy extraña y, por supuesto, injusta: quienes profundizan en los misterios de la luz son atraídos por una fuerza que, desde el otro lado, los llama  antes de tiempo. Como era de esperarse, el domador de mariposas murió demasiado joven sin dejar reemplazante.



                                          DETRÁS DEL VIDRIO

Recordó las mantillas de tul que usaba cuando era chica para ir a la iglesia, las bombachas de organdí que le regalaron en sus quince años cuando todo era promesa, aquel mantel de  batista que tanto le gustaba a su madre y las cortinas con grandes perforaciones. Todo era transparente ahora que podía ver del otro lado del vidrio esmerilado a su marido haciendo arcadas y ruidos que presagiaban un final. Preguntó: ¿Estás bien, querido? Y del otro lado la voz de un hombre le hizo sentir que el mundo se recomponía, un mundo lleno de agujeros en el que ni siquiera los maridos tenían nombre.



                                                        ESA NIÑA
     La niña que grita en mi interior tiene la boca muy abierta y los dientes cariados.  Y también unas manos pequeñas que mantiene siempre extendidas. Su figura es frágil y hambrienta.  Como yo estoy demasiado entretenida con el mundo, simulo no escucharla. A veces, cuando  su griterío nos devora a las dos, una intensidad que no puede ser nombrada viene a nosotras. Entonces el mundo retrocede a pasos agigantados,  se recluye en un lejanísimo fondo que resplandece. En ese momento, justo en ese preciso momento, lo recomendable es cerrar bien los ojos y esperar a que todo pase.


                          UNA MUJER EN EL CEMENTERIO

    La harina del tiempo es muy intangible. Es amasada en el aire, en el mismo aire que se respira, el aire que se hace viento y se impone a la voluntad de los planetas. Ella lo sospechaba la tarde en que fue al cementerio a revolver recuerdos siempre confusos. Ella contaba sus recuerdos como figuritas y nadie la contradecía en la soledad blanda de su departamento. Una tarde miró la tumba vecina en la que otra mujer musitaba palabras inaudibles. La cabeza gacha, un poco inclinada sobre sus rodillas. Ella vio a la mujer y contempló la tumba casi igual a la suya, pulcra, cuidada. Se vio a sí misma en la mujer como en un espejo inmenso donde  la tierra era apenas un planeta diminuto. A partir de aquella tarde empezó a amasar nuevos recuerdos que partían de ese presente transformado en reciente pasado: la tarde, el cementerio, las dos tumbas. Es extraña la vida, se dijo, el tiempo se mezcla con lo que no debiera. Es como el aire. Y respiró profundo, profundo y el tiempo dio un revés dentro de ella misma y se plegó mil veces y  después reanudó su marcha.



                                                     EL VIAJE
   Cuenta mi abuela que en año  veintiocho ella iba con su hija en brazos en el asiento delantero de un coche Fort T. Quien manejaba era un vecino acaudalado que había insistido en llevarlas hasta un campo cercano. Cruzaron la ciudad y de pronto: una embestida. El coche había chocado con un carro a caballo. La cabeza del caballo entró por la ventanilla abierta y su respiración  de animal, pegajosa,  densa, se confundió con la de mi abuela. Los hombres discutían afuera, y el caballo respirando. Mi abuela sólo dice recordar eso y después casi nada. Salvo que su niña murió aquel verano. Aliento de animal tiene la vida, dice mi abuela.


                                          ABUELA


   Dejo en mi casa a mis dos gatos solos para ir a cuidar a mi abuela. Uno de los gatos está continuamente lastimado. Se pelean entre ellos y el pobre pierde siempre la partida. Mi abuela también está lastimada; no bien llego se levanta el camisón y me muestra. Debajo de uno de sus senos tiene una gruesa línea roja. Le coloco con suavidad la pomada y ella me mira. Me mira y me dice:
     -¿Viste? Tengo dos tetas distintas. Una más chica que la otra. Es por culpa de tu abuelo. Se ve que le quedaba más cómodo sobarme ésta. Y se me achicó de tanto ser sobada.
    Mi abuelo murió hace muchos años y es raro que ella vuelva con un relato así. Lo que abuela no quiere decir es que bajo su seno se acurrucan sus hijos muertos.
     Ahora se baja el camisón.
    -¿Te duele?- le pregunto.
    Me contesta que no. Que no. Y apaga la luz.

                          (Fragmento de “Diario de la muerte de mi abuela”- Del libro “Una luz que encandila”)


                                            SÁBANAS AL VIENTO

 Cuando entré en la cocina el cuadrado blanco de la heladera me emocionó. Al abrirla tuve dudas, primero manoteé la jarra con jugo de naranja, pero finalmente me decidí por el vino. Plo ploc;  saltó el corcho de un modo extraño, como si la botella en vez de vino hubiese sedo de sidra. La vi dibujar un semicírculo en el vacío para luego perderse debajo del armario. Las horas revolotearon sobre mi cabeza como sábanas tendidas, claras, al atardecer. “A veces no entiendo lo que me pasa”, dije en voz alta. Pero enseguida me tapé la boca: era una reverenda estupidez hablar en voz alta, nadie estaba conmigo en el departamento. El vino que oscilaba en el vaso y me enfriaba la mano, era de un  translúcido color bordó. Me acerqué al ventanal; en las terrazas, allá enfrente, todavía se balanceaban ropas descoloridas en el aire azulado. Recordé los brazos de mi madre, gordos, pálidos, resaltando sobre una lámina de tonalidades sepia y estirándose hacia los broches de madera, hacia la cuerda tensa y bastante oxidada, hacia al aire hueco. La baranda del balcón también estaba oxidada. En voz bien alta me dije: “Voy a entrar en escena”. Y sólo por un momento, lo admito, me pareció que aún mis dos manos se agarraban de la cuerda tensa, muy tensa, que me había dejado manchas de óxido y raspaduras, porque fue de repente que me sentí confundida con un revuelo de sábanas sueltas, sueltas, muy sueltas.
          De “La escalera del patio gris”-  Ediciones Último Reino Bs As 1997)
                                       TRES NIÑAS FUERA DE CASA

   Siempre se reunían a charlar a esa hora. Era la mejor hora del día, la más sugestiva, la de la siesta. Nadie andaba por allí, no se oían  retos ni rezongos, sólo respiraciones más hondas, algún quejido inexplicable que se escapaba de las piezas donde, si la gente no dormía, lo disimulaba y hasta creía que estaba  hundida en el sueño a pesar de tener los ojos abiertos.  El mundo se había aplacado soberbiamente como si le hubiesen echado una pesada manta encima. A las niñas les gustaba estar juntas,  aunque no  tuvieran  nada que hacer,  aunque no se les ocurriera un juego para pasar el tiempo. Estar juntas ya era suficiente.
   La galería ancha se extendía al costado de la casa, era un remanso y ahí se quedaban, una al lado de la otra, las tres. A veces intercambiaban figuritas, escribían historias o copiaban versos que usaban palabras difíciles de esas que nadie sacaba a relucir en las conversaciones, al menos en  aquella casa de la galería ancha.
  El verano acababa de comenzar y ellas sabían que por lo menos durante la siesta el orden del mundo quedaba relegado.  Se acurrucaban una junto a la otra, bien pegaditas, bajo la espesa colcha tejida,  cobijadas ante cualquier amenaza.  Las voces de la gente grande que desde la mañana deambulaban por la casa se habían ido vaya a saber dónde y no necesitaban volver a escucharlas. Todo estaba bien así y, allá lejos, del otro lado de las ligustrinas, el  tranquilo pueblo tampoco tenía nada que decir. Las horas se volvían blandas, sigilosas y hasta el menor cuchicheo se transformaba en un espectáculo secreto. En  algunas ocasiones dejaban la galería y se iban al  jardín del fondo con un palito a desenterrar lombrices para verlas moverse: oscuras las lombrices sobre la tierra oscura. Pero los ojos de las niñas podían separar lo uno de lo otro y entretenerse. Por lo general se quedaban por acá o por allá, en el jardín de adelante, en el fondo o en la galería.  Preferían evitar el interior de la casa donde las respiraciones de los que dormían o simulaban hacerlo se iban haciendo cada vez más profundas, igual que un trueno en  mitad de la tormenta que surge con violencia y no se sabe de dónde ha surgido.
     Una siesta el calor se  volvió muy intenso. Parecía que la calle, tan silenciosa e iluminada, las estaba llamando.  Entre risas las tres niñas se fueron  arrimando hasta el portón de entrada y, en un gesto cómplice,  soltaron la tranca y salieron, así, sencillamente, sin dejar una nota, sin despertar a nadie ni dar explicaciones, salieron. ¿Qué problema podía haber? En el pueblo  quien más quien menos se conocía,  desde muy chicas  habían escuchado decir eso continuamente, ellas tan atentas a lo que la gente grande hablaba. Cruzaron calles de tierra, se resguardaron bajo un algarrobo y siguieron avanzando  entre el sopor y ese aire frágil, cálido que les rozaba las mejillas.  Escaso es lo que había  para hacer en  aquel pueblo, especialmente en  ese momento del día. Entonces, desde  lo más lejos del paisaje, se percibió un remolino blancuzco que fue creciendo y acercándose. Luego, poco a poco, entre el tumulto de aire y tierra  que se alzaba, las niñas distinguieron un coche. Era un coche grande, lustroso a pesar de la polvareda. La puerta se abrió produciendo un sonido compacto y metálico. Una voz amable surgió desde  el interior acolchado, una voz que las invitaba a subir. Nadie vio cuando las tres niñas  entraron en el coche. Es más, nadie dice haber  identificado un coche con tales características andando por allí y a esas horas. Pero se habló del coche cuando después, al anochecer,  ninguna persona pudo localizar a las tres niñas. Se habló del coche y también de alguien que creyó reconocerlas a la orilla del río. Otros  dijeron haberlas visto juntando moras  en las afueras del pueblo.  Tampoco faltaron los que aseguraban que estuvieron un largo tiempo bajo aquel algarrobo,  tendidas sobre el pasto,  en silencio. Con el correr de los días se dijo de todo un poco. Hubo quienes creyeron  verlas  acompañadas por un grupo de gitanos en dirección al sur. Alguien susurró que había soñado que  las vio muertas en el  recodo del río y estaban los que no dudaron en acusar al circo que  anda buscando chicas lindas  que bailen en sus funciones. A medida que el tiempo fue transcurriendo se dijeron muchas otras cosas más. Que alguien las vio en un prostíbulo en la Patagonia o en otro, muy cerca  de la frontera con el Brasil. También dicen que las  sorprendieron comiendo helados en el centro comercial más grande de la capital de la provincia.  Fueron unos cuantos los que insistieron en que fueron subidas a un barco que atravesó el océano. Lo cierto es que  en la mayoría de las historias, distintas entre sí, descabelladas a veces, inexplicables otras, las tres niñas  aparecían juntas, siempre muy juntas. El escenario del mundo ya no alcanzaba para  el montón de historias que la gente del pueblo   siguió  contando a través de los años y del misterio. Y, lógicamente, con el paso de los años, el misterio fue creciendo, como  sin duda crecieron los cuerpos de esas niñas que, seguro,  ya no serán niñas y que estarán vaya a saber en qué sitio con expresiones  distintas en sus rostros y el cansancio en sus pies de tanto ir y venir por aquí y por allá en la imaginación de la gente  que, por cierto, es un lugar demasiado grande para vagabundear sin descanso.
                                 (De “Una foto de Einstein tocando el violín” Bs As 2012)

LAS PIERNAS DE MI ABUELA
Si los árboles crecen de abajo hacia arriba, por qué, cuando yo era chica, se esperaba que mi cerebro creciera antes que mis piernas. Se pretendía que lo entendiera todo cuando era casi imposible que pudiera entender lo más elemental. Elementales eran, por ejemplo, las caminatas de mi abuela por el patio enlosado. Sus piernas flacuchas  entre el ir y venir de esas polleras diciendo no y sí y olas de mar y pajarracos sueltos y el sol siempre arriba. Y el tiempo pasando. Las piernas de mi abuela eran muy largas, sí, y lo siguieron siendo todo el tiempo en que las mías no crecían. Sus piernas y sus manos de dedos afilados. Sus manos que trataban de enmendar lo que sus palabras y sus pensamientos destrozaban. Poco podía hacer con sus manos  o con sus caminatas bajo el sol una mujer que, como mi abuela,  tenía una lengua que masticaba los hechos hasta hacerlos desaparecer.
    El tiempo pasó, para bien y para mal, mientras fui comprando cuadernos con márgenes azules y delgadísimos renglones que llené año tras año hablando de mi abuela. Yo la criticaba en aquellos cuadernos y ella,   por la noche, los leía. A la mañana siguiente me miraba con rencor y una risita sobradora que se iniciaba al costado de su boca. Pero para entonces yo ya tenía también las piernas bastante largas y los ojos estirados hacia la puerta de calle, tratando de mirar un sol que no estuviera opacado por el enorme y mugriento techo de vidrio del patio. Porque mi abuela había mandado techar el patio igual que si se hubiera tratado de hilvanar el ruedo de un vestido. Ella había querido atrapar el sol y, por supuesto, había logrado lo contrario.
   Ahora he cumplido veinte años y me miro en el espejo: mis piernas alargadas por unos tacos negros, tan negros y espeluznantes como la línea artificial con los que delineo mis ojos. Mi abuela mira la televisión. Y la televisión la mira a ella. Entonces el tiempo, digo yo,  va pasando para bien, aunque nunca se sabe. Dios me espía y yo me hago un ovillo en el viejo sofá desteñido. Me quiero ir, y me quiero ir. Repito: me quiero ir y el aire que entra, sale enseguida por mi boca; entra y sale y no se va.
   Un día, gracias al tiempo que ha pasado, me voy, como quien dice, arañando otros horizontes, pellizcando un hilván, un  hilo demasiado delgado del que no podré colgarme. Miro el horizonte desvanecerse cada día en un azul más desteñido que el sofá de la casa de mi abuela, donde ella se reclina suavemente y sus piernas blancas, blancas, se dejan estar, medio colgando, laxas, viejas y largas como siempre.
    A mi abuela le han instalado un teléfono y yo me he comprado una computadora. Ella me llama cada día mientras, con los ojos clavados en la pantalla de mi computadora, yo intento evitar que un muchachito gris caiga en un pozo, sea matado por un árabe o salte el puente. Va y viene cien veces el muchachito dentro de la pantalla. Hasta el momento no he logrado salvarlo: me ha vencido la computadora. De pronto suena el teléfono y yo miro el teclado y la luz verde, muy verde y encendida, pensando: debe ser mi abuela. No me equivoqué. Oigo la voz de mi abuela que me dice:
    -¿Hoy tampoco saliste de tu casa?
     -No- le contesto.
    Imagino sus largas piernas, blancas por demás, aflojarse en el sofá para que ella mantenga conmigo, igual que cada día, una interminable conversación. Mientras tanto el muchachito gris corre torpe y frenético por la pantalla de mi computadora. Corre, corre, entra en mi cerebro, se confunde y me asfixia. Y sigue escapando. La computadora emite un pequeño ruido, un ruido insignificante, apenas un timbre lejano. La voz de mi abuela continúa resonando en el aparato del teléfono como un cuerpo vivo metido dentro de un ataúd.
                                               (de “La escalera en el patio gris”- Ediciones Último Reino 1997)


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