Saturday, December 27, 2008

Sergio Gaut vel Hartman nació en 1947, en Buenos Aires, Argentina. Empezó a publicar cuando comenzaba la década de 1970 en la ya mítica revista española Nueva Dimensión. En 1982, dio el impulso inicial al Círculo Argentino de Ciencia Ficción y Fantasía y fundó el fanzine Sinergia, actualmente reeditado, la revista Parsec y las antologías Fase. En 1985 Minotauro editó su libro de cuentos Cuerpos Descartables y Ultramar la antología Latinoamérica Fantástica. Tras una larga ausencia regresó en 1995 con la publicación de un texto en El Cuento Argentino de Ciencia Ficción, en el que –como a él le gusta decir– apareció muy bien rodeado (Borges, Bioy Casares, Lugones, Gordischer, Gardini, Oesterheld, Capanna). Colaboró intensamente con Axxón y otras publicaciones virtuales. Fue finalista del Premio Minotauro 2005.


Pugna

Las palabras de Erasmo le llegaron mientras caminaba por la superficie quebrada de un planeta que no era la Tierra, bajo la apacible lluvia de ácido sulfúrico, admirando la esbelta selva de rocas que formaban una garganta profunda al pie de montañas más altas que el Everest. Ciertamente, no es necesario darle el nombre de locura a todo desorden o error de los sentidos. Pero las mentes de millones de seres de cientos de planetas dispersos por la galaxia trabajando al unísono pueden torcer y deformar la realidad. ¡Maldición! Se sabía dueño de alguna habilidad especial que los alienígenas habían detectado, pero ignoraba cual era. Una semana atrás estaba disfrutando de una portentosa victoria: había ganado la lotería Solar de números, convirtiéndose en un hombre inmensamente rico. Pero el mismo azar que había dispuesto ese premio lo condenaba ahora a recorrer el sendero prefijado por los seres que dominaban ese planeta, a quien sabe cuántos años luz de la Tierra. Debe ser una especie de perversidad que ninguna inteligencia alcanzaría a concebir, se dijo. Dos civilizaciones siempre pueden llegar a un acuerdo... si previamente se reconocen como tales, pero los doz’eellaa lo estaban manejando del mismo modo que los humanos tratan a las ratas de laboratorio.

Advirtió que el color de las rocas había cambiado y la lluvia arreciaba. Le habían entregado un traje de superficie adecuado, por lo que no podía decirse que fueran totalmente ignorantes de su condición pero, al mismo tiempo, los únicos conocimientos que habían implantado en su cabeza eran el nombre de la especie y una serie de vagas indicaciones, de las que sirven para jugar a la caza del tesoro. El asunto no se parecía en nada al primer encuentro genuino de la humanidad con una especie extraterrestre. El primero de verdad, claro, que encuentros de esos habían habido unos cuantos en las mentes calcinadas de fabuladores y delirantes, los sedientos del minuto de fama en la televisión.

Estoy desvariando, se dijo. El mapa implantado en su retina coincidió con el paisaje. La boca dentada de una gruta, una oscuridad espesa pulsando por momentos con breves guiños fosforescentes. Es aquí, se dijo. El lugar. ¿Qué siento, ahora que el momento se aproxima? El alma humana es un espacio aún sin explorar, de eso no hay duda. Dio uno dos tres cuatro pasos y vio el color en un brazo de la cueva: rojo. Esa era la señal de que los doz’eellaa estaban cerca. Eran la especie dominante del planeta, del sistema, de todo ese sector de la galaxia, le habían explicado. Docenas de planetas estaban enlazados mediante portales generados por energía psíquica, pero el primer viaje debía ser realizado por naves convencionales, que demoraban siglos en llegar a destino. De nada vale luchar contra ellos, se dijo con el ánimo tenso, pero no me gustan las cosas imposibles. Por fin los vería. Los doz’eellaa serían altos, hermosos como torres de rubí, y siempre estarían sonriendo, o forjarían el equivalente a una sonrisa, para que él se sintiera a gusto, tan lejos de casa. Es lo menos que se espera de un anfitrión.

El primer pensamiento estalló dolorosamente. Una sucesión frenética de diminutos arcos voltaicos se descargó sobre el mapa bidimensional superpuesto a su iris y le dejó una huella que, al desvanecerse, reveló un mensaje perfecto, mineral.

**Bienvenido al mundo de los doz’eellaa, humano.

No supo si debía responder en voz alta o si ellos eran capaces de captar sus pensamientos más dispersos y evanescentes. La respuesta llegó antes de que fuera capaz de decidirse.

**Como prefieras. El lenguaje hablado nos produce placer, aunque no tenemos sentidos para captar las vibraciones sonoras. La resonancia de los pensamientos vocalizados es más rica que la mera formación de ideas positivas.

Sonaba como si se estuvieran burlando de él. Demasiado coloquial, demasiado familiar. Una vez más la réplica llegó instantánea.

**En cierto modo es así. Imaginamos que te sentirías más cómodo recibiendo mensajes al estilo de los que intercambia tu gente.

—¿Todo esto es real? —Observó el rojo que viraba al violeta en las paredes de la caverna, trazando figuras de esquemas aleatorios. En su retina, en cambio, la respuesta de los doz’eellaa se talló con golpes de cincel.

**Real. No hay metáforas ni elipsis. Esto es así. Estás en una caverna del tercer mundo de una estrella parecida a tu sol cuyo nombre no significa nada para ti. Este mundo fue cosechado por los doz’eellaa hace mucho tiempo, cuando tus congéneres aún no habían comenzado a organizarse en tribus. Mucho tiempo.

—¿Puedo saber para qué me han traído a este lugar? Yo estaba muy bien en mi mundo, acababa de ganar una posición ventajosa y me disponía a disfrutar de mis ganancias por el resto de la vida.

**Lo sabemos. Pero el azar no existe o es algo diferente de lo que supones. Ganaste esos valores porque tu mente despertó, elevándose un peldaño en la escala evolutiva y supo detectar la configuración correcta; eso es así para los humanos, pero nosotros lo vemos de otro modo.

Había una roca que se parecía a una silla. La ocasión pedía a gritos una perspectiva más cómoda, por lo que se sentó, se frotó las manos para desprender las costras de ácido cristalizado y buscó en la penumbra alguna señal material de la presencia de los doz’eellaa.

**No hay presencia material. Controlamos este mundo desde cierta distancia porque la lluvia constante de esa sustancia que los humanos llaman ácido sulfúrico es nociva para nuestros... organismos.

Era la primera vez que el doz’eellaa vacilaba, si puede llamarse vacilación a una pausa de un microsegundo. Pero era la ocasión para enviar un estiletazo. —¿No diseñaron acaso el traje que estoy usando, no pueden protegerse con algo así?

Ahora la pausa fue mayor, como si los doz’eellaa se hubieran puesto a deliberar entre ellos. Ergo, eran varios. Ergo, podían necesitar la cautela como método. Ergo, eran vulnerables.

**¿Acaso serlo nos hace menos poderosos?

La respuesta, a todas luces dirigida al asunto de la vulnerabilidad, era el pie perfecto para iniciar el contragolpe.

— ¿Para qué me trajeron? ¿Qué esperan de mí?

Golpear en la herida, dijo el maestro. Las paredes de la cueva sufrieron una paulatina transformación. No todo desorden o error de los sentidos es locura. Bien. Del rojo al violeta y del violeta al azul. Del agudo repiqueteo de los pensamientos, afilados, punzantes, al sordo latido del terciopelo. Recordó el erotismo envuelto en circunstancias inusuales, oculto en la grieta, y la risa tonta de los jóvenes, abierta de par en par delante del letrero que prohibía el paso. No lo entenderían, pero sentirán el fuego en la mente.

** ¿Estás intentando confundirnos?

—Respetados y dignos seres extraterrestres: la confusión reina en la mente de los sabios porque no pueden distinguir la locura del error y del desorden. Eso lo dijo mi amigo Erasmo Roterdan, café de por medio, un día en el que la lluvia, no sulfúrica sino de agua simple y pura, golpeaba los vidrios del café de los Planetas. Estábamos tristes, ambos, porque habíamos perdido el amor de una dama, para colmo la misma dama.

**De acuerdo. Estás condenado. Evitemos los rodeos. Te trajimos porque la frecuencia de tu talento pulsa al doble que la de cualquier doz’eellaa. Te necesitamos para operar un nuevo portal. La energía psíquica de tu mente nos permitirá llegar más lejos de lo que llegamos hasta ahora. Te enviaremos en una nave, en estado de animación suspendida y los autómatas te restituirán a tu condición habitual al llegar a destino. Jamás volverás a la Tierra. No somos crueles, sólo pragmáticos. ¿Estás conforme?

La andanada de brulotes conceptuales lo dejó inerme, en una situación de derrota inexorable. Jamás volveré a la Tierra, jamás volveré. ¿Si estoy conforme?, ¡claro que no estoy conforme!; ¿qué hice para merecer este castigo? No son crueles, sólo pragmáticos.

Las paredes de la cueva chorrearon como un helado de fresas súbitamente sometido a la acción del fuego. Detrás de la piedra había maquinaria, un cerebro inorgánico que funcionaba a todo vapor, deslizando sus garras de simulación neuronal para construir mapas y configuraciones y determinar un plan de acción antes de que lograra saber a qué atenerse.

—De acuerdo —dijo, inspirado por una idea repentina—; quiero saber qué obtendré a cambio. Esto se llama negociar.

** ¿Negociar, a cambio? No estás en condiciones de negociar. Estás perdido.

—Tengo la carta más eficaz del mazo, amigos alienígenas: mi vida. No les sirvo muerto y puedo morir en cualquier momento si lo deseo. ¿Saben ustedes lo que es el suicidio? Los humanos podemos manejar eso a voluntad.

Esta vez el desconcierto, y por ende el silencio de los doz’eellaa, fue prolongado y tedioso. Transcurrieron horas durante las cuales sólo fue posible pensar en la próxima jugada; pero no se sentía impaciente ni ansioso. No les servía muerto, sin lugar a dudas, por lo que permitió que ese pensamiento, con toda su carga de oscuridad, fluyera libremente hacia arriba y hacia los costados, arrastrando a su paso toneladas de miedo a la nada y horror al vacío. Pero junto con el pánico, como vetas más claras, como venas y arterias de un sistema intrincado, permitió que los doz’eellaa percibieran su determinación. Por cierto que podían dudar acerca de su capacidad para cumplir con la amenaza, pero la amenaza es siempre más potente que su ejecución, y también dejó volar ese pensamiento, libre como un pájaro. Bastará con que abra mi traje protector y salga a empaparme de ácido; bastará con que muerda con fuerza mi lengua; bastará con que lo desee con suficiente intensidad. Puedo morir, doz’eellaa, y mi cadáver no sirve para nada. ¿Creían haber ganado? Se equivocaron: están perdidos. El azar no existe, doz’eellaa; devuélvanme a la Tierra, ¡ya!

Los doz’eellaa emitieron un pensamiento de pura decepción. Se materializó como una peste de cristales fluorescentes que chocaban unos contra otros en la parca oscuridad de la caverna.

**De acuerdo; sabemos perder, aunque no lo creas. Pero iremos por la revancha.

—¡Encantado! Soy un buen jugador y siempre doy revancha. Pero tendrán que venir a la Tierra, desnudos, a jugar con mis reglas.

No le pareció decoroso decirlo, y tampoco sabía cómo hacer los cálculos, pero estaba seguro de que, gracias a desfasaje temporal y a sus bien pensadas inversiones —en las que el azar no había tenido nada que ver— a su regreso sería el Amo del Mundo, el dueño del planeta Tierra.

Ciertamente, no es necesario designar como locura a un desorden o error de los sentidos. Pero una mente poderosa trabajando en la dirección correcta puede torcer la realidad y darle la forma deseada, por lo que le pareció atinado dejarle a los doz’eellaa una última reflexión.

—No se olviden de traer las instrucciones para fabricar los portales. A los humanos nos encanta viajar.

© Sergio Gaut vel Hartman

2 comments:

Omar said...

Tiempo sin leer literatura fantástica: o mejor dicho, buena literatura fantástica.

Qué buen cuento. La "moraleja" (valga la expresión en lo más inquietante del término) que nos presenta es demoledora, terrible. Una suerte de pesadilla magistralmente contada.

Saludos.

Gustavo Tisocco said...

cidades Ricardo por el posteo y un gran abrazo a ti para empezar el año con todo...
Un abrazo y saludos a Andrea Gus.