Saturday, September 29, 2018

SILVINA OCAMPO


Casa de azúcar

Silvina Ocampo


Las supersticiones no dejaban vivir a Cristina. Una moneda con la efigie borrada, una mancha de tinta, la luna vista a través de dos vidrios, las iniciales de su nombre grabadas por azar sobre el tronco de un cedro la enloquecían de temor. Cuando nos conocimos llevaba puesto un vestido verde, que siguió usando hasta que se rompió, pues me dijo que le traía suerte y que en cuanto se ponía otro, azul, que le sentaba mejor, no nos veíamos. Traté de combatir estas manías absurdas. Le hice notar que tenía un espejo roto en su cuarto y que por más que yo le insistiera en la conveniencia de tirar los espejos rotos al agua, en una noche de luna, para quitarse la mala suerte, lo guardaba; que jamás temió que la luz de la casa bruscamente se apagara, y a pesar de que fuera un anuncio seguro de muerte, encendía con tranquilidad cualquier número de velas; que siempre dejaba sobre la cama el sombrero, error en que nadie incurría. Sus temores eran personales. Se infligía verdaderas privaciones; por ejemplo: no podía comprar frutillas en el mes de diciembre, ni oír determinadas músicas, ni adornar la casa con peces rojos, que tanto le gustaban. Había ciertas calles que no podíamos cruzar, ciertas personas, ciertos cinematógrafos que no podíamos frecuentar. Al principio de nuestra relación, esta supersticiones me parecieron encantadoras, pero después empezaron fastidiarme y a preocuparme  seriamente. Cuando nos comprometimos tuvimos que buscar un departamento nuevo, pues, según sus creencias, el destino de los ocupantes anteriores influiría sobre su vida (en ningún momento mencionaba la mía, como si el peligro la amenazara sólo a ella y nuestras vidas no estuvieran unidas por el amor). Recorrimos todos los barrios de la ciudad; llegamos a los suburbios más alejados, en busca de un departamento que nadie hubiera habitado: todos estaban alquilados o vendidos. Por fin encontré una casita en la calle Montes de Oca, que parecía de azúcar. Su blancura brillaba con extraordinaria luminosidad. Tenía teléfono y, en el frente, un diminuto jardín. Pensé que esa casa era recién construida, pero me enteré de que en 1930 la había ocupado una familia, y que después, para alquilarla, el propietario le había hecho algunos arreglos. Tuve que hacer creer a Cristina que nadie había vivido en la casa y que era el lugar ideal: la casa de nuestros sueños. Cuando Cristina la vio, exclamó:

–¡Qué diferente de los departamentos que hemos vivido! Aquí se respira olor a limpio. Nadie podrá influir en nuestras vidas y ensuciarlas con sus pensamientos que envician el aire.

En pocos días nos casamos y nos instalamos allí. Mis suegros nos regalaron los muebles del dormitorio y mis padres los del comedor. El resto de la casa la amueblaríamos de a poco. Yo temía que, por los vecinos, Cristina se enterara de mi mentira, pero felizmente hacía sus compras fuera del barrio y jamás conversaba con ellos. Éramos felices, tan felices que a veces me daba miedo. Parecía que la tranquilidad nunca se rompería en aquella casa de azúcar, hasta que un llamado telefónico destruyó mi ilusión. Felizmente Cristina no atendió aquella vez al teléfono, pero quizá lo atendiera en una oportunidad análoga. La persona que llamaba preguntó por la señora Violeta: indudablemente se trataba de la inquilina anterior. Si Cristina se enteraba de que yo la había engañado, nuestra felicidad seguramente concluiría: no me hablaría más, pediría nuestro divorcio, y en el mejor de los casos tendríamos que dejar la casa para irnos a vivir, tal vez, a Villa Urquiza, tal vez a Quilmes, de pensionistas en alguna de las casas donde nos prometieron darnos un lugarcito para construir ¿con qué? (con basura, pues con mejores materiales no me alcanzaría el dinero) un cuarto y una cocina. Durante la noche yo tenía cuidado de descolgar el tubo, para que ningún llamado inoportuno nos despertara. Coloqué un buzón en la puerta de calle; fui el depositario de la llave, el distribuidor de cartas.
Una mañana temprano golpearon a la puerta y alguien dejó un paquete. Desde mi cuarto oí que mi mujer protestaba, luego oí el ruido del papel estrujado. Bajé la escalera y encontré a Cristina con un vestido de terciopelo entre los brazos.
–Acaban de traerme este vestido –me dijo con entusiasmo.
Subió corriendo las escaleras y se puso el vestido, que era muy escotado.
–¿Cuándo te lo mandaste a hacer?
–Hace tiempo. ¿Me queda bien? Lo usaré cuando tengamos que ir al teatro, ¿no te parece?
–¿Con qué dinero lo pagaste?
–Mamá me regaló unos pesos.
Me pareció raro, pero no le dije nada, para no ofenderla.
Nos queríamos con locura. Pero mi inquietud comenzó a molestarme, hasta para abrazar a Cristina por la noche. Advertí que su carácter había cambiado: de alegre se convirtió en triste, de comunicativa en reservada, de tranquila en nerviosa. No tenía apetito.  Ya no preparaba esos ricos postres, un poco pesados, a base de cremas batidas y de chocolate, que me agradaban, ni adornaba periódicamente la casa con volantes de nylon, en las tapas de la letrina, en las repisas del comedor, en los armarios, en todas partes como era su costumbre. Ya no me esperaba con vainillas a la hora del té, ni tenía ganas de ir a teatro o al cinematógrafo de noche, ni siquiera cuando nos mandaban entradas de regalo. Una tarde entró un perro en el jardín y se acostó frente a la puerta de calle, aullando. Cristina le dio carne y le dio de beber y, después de un baño, que le cambió el color de pelo, declaró que le daría hospitalidad y que lo bautizaría con el nombre Amor, porque llegaba a nuestra casa en un momento de verdadero amor. El perro tenía el paladar negro, lo que indica pureza de raza.
Otra tarde llegué de improviso a casa. Me detuve en la entrada porque vi una bicicleta apostada en el jardín. Entré silenciosamente y me escurrí detrás de una puerta y oí la voz de Cristina.
–¿Qué quiere? –repitió dos veces.
–Vengo a buscar a mi perro –decía la de voz de una muchacha–. Pasó tantas veces frente a esta casa que se ha encariñado con ella. Esta casa parece de azúcar. Desde que la pintaron, llama la atención de todos los transeúntes. Pero a mí me gustaba más antes, con ese color rosado y romántico de las casas viejas. Esta casa era muy misteriosa para mí. Todo me gustaba en ella: la fuente donde venían a beber los pajaritos; las enredaderas con flores, como cornetas amarillas; el naranjo. Desde que tengo ocho años esperaba conocerla a usted, desde aquel día en que hablamos por teléfono, ¿recuerda? Prometió que iba a regalarme un barrilete.
–Los barriletes son juegos de varones.
–Los juguetes no tienen sexo. Los barriletes me gustaban porque eran como enormes pájaros: me hacía la ilusión de volar sobre sus alas. Para usted fue un juego prometerme ese barrilete; yo no dormí en toda la noche. Nos encontramos en la panadería, usted estaba de espaldas y no vi su cara. Desde ese día no pensé en otra cosa que en usted, en cómo sería su cara, su alma, sus ademanes de mentirosa. Nunca me regaló aquel barrilete. Los árboles me hablaban de sus mentiras. Luego fuimos a vivir a Morón, con mis padres. Ahora, desde hace una semana estoy de nuevo aquí.
–Hace tres meses que vivo en esta casa, y antes jamás frecuenté estos barrios. Usted estará confundida.
–Yo la había imaginado tal como es. ¡La imaginé tantas veces! Para colmo de la casualidad, mi marido estuvo de novio con usted.
–No estuve de novia sino con mi marido. ¿Cómo se llama este perro?
–Bruto.
–Lléveselo, por favor, antes de que me encariñe con él.
–Violeta, escúcheme. Si llevo el perro a mi casa, se moriría. No lo puedo cuidar.
–Vivimos en un departamento muy chico. Mi marido y yo trabajamos y no hay nadie que lo saque a pasear.
–No me llamo Violeta. ¿Qué edad tiene?
–¿Bruto? Dos años. ¿Quiere quedarse con él? Yo vendría a visitarlo de vez en cuando, porque lo quiero mucho.
–A mi marido no le gustaría recibir desconocidos en su casa, ni que aceptara un perro de regalo.
–No se lo diga, entonces. La esperaré todos los lunes a las siete de la tarde en la Plaza Colombia. ¿Sabe dónde es? Frente a la iglesia Santa Felicitas, o si no la esperaré donde usted quiera y a la hora que prefiera; por ejemplo, en el puente de Constitución o en el Parque Lezama. Me contentaré con ver los ojos de Bruto. ¿Me hará el favor de quedarse con él?
–Bueno. Me quedaré con él.
–Gracias, Violeta.
–No me llamo Violeta.
–¿Cambió de nombre? Para nosotros usted es Violeta. Siempre la misma misteriosa Violeta.
Oí el ruido seco de la puerta y el taconeo de Cristina, subiendo la escalera. Tardé un rato en salir de mi escondite y en fingir que acababa de llegar. A pesar de haber comprobado la inocencia del diálogo, no sé por qué, una sorda desconfianza comenzó a devorarme. Me pareció que había presenciado una representación de teatro y que la realidad era otra. No confesé a Cristina que había sorprendido la visita de esa muchacha. Esperé los acontecimientos, temiendo siempre que Cristina descubriera mi mentira, lamentando que estuviéramos instalados en este barrio. Yo pasaba todas las tardes por la Plaza que queda frente a la iglesia de Santa Felicitas, para comprobar si Cristina había acudido a la cita. Cristina parecía no advertir mi inquietud. A veces llegué a creer que yo había soñado. Abrazando al perro, un día Cristina me preguntó:
–¿Te gustaría que me llamara Violeta?
–No me gusta el nombre de las flores.
–Pero Violeta es lindo. Es un color.
–Prefiero tu nombre.
–Un sábado, al atardecer, la encontré en el puente de Constitución, asomada sobre el parapeto de fierro. Me acerqué y no se inmutó.
–¿Qué haces aquí?
–Estoy curioseando. Me gusta ver las vías desde arriba.
–Es un lugar muy lúgubre y no me gusta que andes sola.
–No me parece lúgubre. ¿Y por qué no puedo andar sola?
–¿Te gusta el humo negro de las locomotoras?
–Me gustan los medios de transporte. Soñar con viajes. Irme sin irme. “Ir y quedar y con quedar partirse.”
 Volvimos a casa. Enloquecido de celos (¿celos de qué? de todo), durante el trayecto apenas le hablé.
Podríamos tal vez comprar alguna casita en San Isidro o en Olivos, es tan desagradable este barrio –le dije, fingiendo que me era posible adquirir una casa en esos lugares.
–No creas. Tenemos muy cerca de aquí el Parque Lezama.
–Es una desolación. Las estatuas están rotas, las fuentes sin agua, los árboles apestados. Mendigos, viejos y lisiados van con bolsas, para tirar o recoger basuras.
–No me fijo en esas cosas.
–Antes no querías sentarte en un banco donde alguien había comido mandarinas o pan.
–He cambiado mucho.
–Por mucho que hayas cambiado, no puede gustarte un parque como ése. Ya sé que tiene un museo de leones de mármol que cuidan la entrada y que jugabas allí en tu infancia, pero eso no quiere decir nada.
–No te comprendo –me respondió Cristina. Y sentí que me despreciaba, con un desprecio que podía conducirla al odio.
Durante días, que me parecieron años, la vigilé, tratando de disimular mi ansiedad. Todas las tardes pasaba por la plaza frente a la iglesia y los sábados por el horrible puente negro de Constitución. Un día me aventuré a decir a Cristina:
–Si descubriéramos que esta casa fue habitada por otras personas ¿qué harías, Cristina? ¿Te irías de aquí?
–Si una persona hubiera vivido en esta casa, esa persona tendría que ser como esas figuritas de azúcar que hay en los postres o en las tortas de cumpleaños: una persona dulce como el azúcar. Esta casa me inspira confianza. ¿Será el jardincito de la entrada que me infunde tranquilidad? ¡No sé! No me iría de aquí por todo el oro del mundo. Además no tendríamos adónde ir. Tú mismo me lo dijiste hace un tiempo.
No insistí, porque iba a pura pérdida. Para conformarme pensé que el tiempo compondría las cosas.
Una mañana sonó el timbre de la puerta de calle. Yo estaba afeitándome y oí la voz de Cristina. Cuando concluí de afeitarme, mi mujer ya estaba hablando con la intrusa. Por la abertura de la puerta las espié. La intrusa tenía una voz tan grave y los pies tan grandes que eché a reír.
–Si usted vuelve a ver a Daniel, lo pagará muy caro, Violeta.
–No sé quién es Daniel y no me llamo Violeta –respondió mi mujer.
–Usted está mintiendo.
–No miento. No tengo nada que ver con Daniel.
–Yo quiero que usted sepa las cosas como son.
–No quiero escucharla.
Cristina se tapó las orejas con las manos. Entré en el cuarto y dije a la intrusa que se fuera. De cerca le miré los pies, las manos y el cuello. Entonces, advertí que era un hombre disfrazado de mujer. No me dio tiempo de pensar en lo que debía hacer; como un relámpago desapareció dejando la puerta entreabierta tras de sí.
No comentamos el episodio con Cristina; jamás comprenderé por qué; era como si nuestros labios hubieran estado sellados para todo lo que no fuese besos nerviosos, insatisfechos o palabras inútiles.
En aquellos días, tan tristes para mí, a Cristina le dio por cantar. Su voz era agradable pero me exasperaba, porque formaba parte de ese mundo secreto, que la alejaba de mí. ¡Por qué, si nunca había cantado, ahora cantaba noche y día mientras se vestía o se bañaba o cocinaba o cerraba las persianas!
Un día en que oí a Cristina exclamar con un aire enigmático:
–Sospecho que estoy heredando la vida de alguien, las dichas y las penas, las equivocaciones y los aciertos. Estoy embrujada –fingí no oír esa frase atormentadora. Sin embargo, no sé por qué empecé a averiguar en el barrio quién era Violeta, dónde estaba, todos los detalles de su vida.
A media cuadra de nuestra casa había una tienda donde vendían tarjetas postales, papel, cuadernos, lápices, gomas de borrar y juguetes. Para mis averiguaciones, la vendedora de esa tienda me apreció la más indicada: era charlatana y curiosa, sensible a las lisonjas. Con el pretexto de comprar un cuaderno y lápices, fui una tarde a conversar con ella. Le alabé los ojos, las manos, el pelo. No me atreví a pronunciar la palabra Violeta. Le expliqué que éramos vecinos. Le pregunté finalmente quién había vivido en nuestra casa. Tímidamente le dije:
–¿No vivía una tal Violeta?
–Me contestó cosas muy vagas, que me inquietaron más. Al día siguiente traté de averiguar en el almacén algunos otros detalles. Me dijeron que Violeta estaba en un sanatorio frenopático y me dieron la dirección.
–Canto con una voz que no es mía –me dijo Cristina, renovando su aire misterioso. Antes me hubiera afligido, pero ahora me deleita. Soy otra persona, tal vez más feliz que yo.
Fingí no haberla oído. Yo estaba leyendo el diario.
De tanto averiguar detalles de la vida de Violeta, confieso que desatendía a Cristina.
Fui al sanatorio frenopático, que quedaba en Flores. Ahí pregunté por Violeta y me dieron la dirección de Arsenia López, su profesora de canto.
Tuve que tomar el tren en Retiro, para que me llevara a Olivos.
Durante el trayecto una tierrita me entró en un ojo, de modo que en el momento de llegar a casa de Arsenia López, se me caían las lágrimas como si estuviese llorando. Desde la puerta de calle oí voces de mujeres, que hacían gárgaras con las escalas, acompañadas de un piano, que parecía más bien un organillo.
Alta, delgada, aterradora apareció en el fondo de un corredor Arsenia López, con un lápiz en la mano. Le dije tímidamente que venía a buscar noticias de Violeta.
–¿Usted es el marido?
–No, soy un pariente – le respondí secándome los ojos con un pañuelo.
–Usted será uno de sus innumerables admiradores –me dijo entornando los ojos y tomándome la mano–. Vendrá para saber lo que todos quieren saber, ¿cómo fueron los últimos días de Violeta? Siéntese. No hay que imaginar que una persona muerta, forzosamente haya sido pura fiel, buena.
–Quiere consolarme –le dije.
Ella, oprimiendo mi mano con su mano húmeda, contestó:
–Sí. Quiero consolarlo. Violeta era no sólo mi discípula, sino mi íntima amiga. Si se disgustó conmigo, fue tal vez porque me hizo demasiadas confidencias y porque ya no podía engañarme. Los últimos días que la vi, se lamentó amargamente de su suerte. Murió de envidia. Repetía sin cesar: “Alguien me ha robado la vida, pero lo pagará muy caro. No tendré mi vestido de terciopelo, ella lo tendrá; Bruto será de ella; los hombres no se disfrazarán de mujer para entrar en mi casa sino en la de ella; perderé la voz que trasmitiré a esa otra garganta indigna; no nos abrazaremos con Daniel en el puente de Constitución, ilusionados con un amor imposible, inclinados como antaño, sobre la baranda de hierro, viendo los trenes alejarse”.
Arsenia López me miró en los ojos y me dijo:
–No se aflija. Encontrará muchas mujeres más leales. Ya sabemos que era hermosa, ¿pero acaso la hermosura es lo único bueno que hay en el mundo?
Mudo, horrorizado, me alejé de aquella casa, sin revelar mi nombre a Arsenia López, que, al despedirse de mí, intentó abrazarme, para demostrar su simpatía.
Desde ese día Cristina se transformó, para mí, al menos, en Violeta. Traté de seguirla a todas horas, para descubrirla en los brazos de sus amantes. Me alejé tanto de ella que la vi como a una extraña. Una noche de invierno huyó. La busqué hasta el alba.
Ya no sé quién fue víctima de quién, en esa casa de azúcar que ahora está deshabitada.

Silvina Inocencia Ocampo (Buenos Aires, Argentina, 28 de julio de 1903- Buenos Aires, Argentina, 14 de diciembre de 1993) fue una escritora, cuentista y poeta argentina. Su primer libro fue “Viaje olvidado” (1937) y el último “Las repeticiones”, publicado póstumamente en 2006. Durante gran parte de su vida, su figura fue opacada por las de su hermana Victoria, su esposo, Adolfo Bioy Casares, y su amigo Jorge Luis Borges, pero con el tiempo su obra ha sido reconocida y pasó a ser considerada una autora fundamental de la literatura argentina del siglo xx.
Antes de consolidarse como escritora, Ocampo fue artista plástica. Estudió pintura y dibujo en París donde conoció, en 1920, a Fernand Léger y Giorgio de Chirico, precursores del surrealismo.
Recibió, entre otros, el “Premio Municipal de Literatura en 1954” y el “Premio Nacional de Poesía” en 1962.
Silvina Ocampo nació el 21 de julio de 1903 en Buenos Aires, en una casa en la calle Viamonte 550. Fue la menor de las seis hijas de Manuel Silvio Cecilio Ocampo y Ramona Aguirre Herrera (Victoria, Angélica, Francisca, Rosa, Clara María y Silvina). Su familia pertenecía a la alta burguesía, hecho que le permitió tener una formación muy completa, con tres institutrices (una francesa y dos inglesas), un profesor de español y otro de italiano, de manera tal que tanto Silvina como sus hermanas crecieron aprendiendo a leer en inglés y francés antes que en español. Esta formación trilingüe influiría posteriormente en su escritura, según declaró la propia escritora.

Sus antepasados pertenecían a la aristocracia argentina y eran dueños de extensas tierras. Su tatara-tatara-tatarabuelo, José de Ocampo, fue gobernador de Cuzco antes de mudarse al Virreinato del Río de la Plata. Manuel José de Ocampo (su tatara-tatarabuelo) también fue un líder importante y fue uno de los primeros en gobernar cuando finalmente se declaró la independencia. Su bisabuelo Manuel José de Ocampo y González fue un político y candidato a presidente del país, además era amigo de Domingo Faustino Sarmiento. Su abuelo, Manuel Anselmo Ocampo fue estanciero. Otro de sus antepasados fue Domingo Martínez de Irala, conquistador de Asunción y futuro gobernador del Río de la Plata y Paraguay. El hermano de la tatara-tatarabuela de Ocampo, Juan Martín de Pueyrredón, fue Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata y amigo de San Martín. Otro familiar lejano es Juan Manuel de Rosas quien fue el principal caudillo hasta 1852.
Su madre, Ramona Máxima Aguirre, era una de ocho hijos y le gustaba hacer jardinería y tocar el violín. Su familia era muy criolla y religiosa. Su padre, Manuel Silvio Cecilio Ocampo Regueira nació en 1860 y fue uno de los arquitectos más venerados de la historia argentina. Su hija Victoria lo describió como guapo y distinguido. Era uno de nueve hijos y tenía un carácter conservador y a veces humoroso.
En invierno visitaba a su bisabuelo (quien vivía cerca) diariamente y en verano su familia vivía en una quinta en San Isidro, una casa moderna que en su época contaba con electricidad y agua corriente. Actualmente esta casa (Villa Ocampo) es un sitio UNESCO y reconocido como joya histórica. En verano en el segundo piso tomaba clases donde aprendió los fundamentales que le ayudarían más tarde a llegar a ser una autora venerada.
La crítica Patricia Nisbet Klingenberg sostiene, sin embargo, que de niña Ocampo "lived a lonely existence, relieved primarily by the companionship of various household workers (...) This, then, is the place from which her works emerge, from memory and identification with those identified as other."
("vivió una existencia solitaria, aliviada principalmente por la compañía de varios trabajadores del hogar (...) Este, entonces, es el lugar desde donde emergen sus obras, de la memoria y la identificación con aquellos identificados como otros".)
Algunas de las cosas que más la impactaron durante su juventud fueron el casamiento de su hermana Victoria y la muerte de su hermana Clara. Afirmó que el casamiento de Victoria le quita la juventud, dice: "Hubo un episodio de mi niñez que marcó mucho nuestra relación. Victoria me quitó la niñera que yo más quería, la que más me cuidó, la que más me mimó: Fanni. Ella me quería a mí más que a nadie. Fanni sabía que yo la adoraba, pero cuando Victoria se casó y se la llevó con ella nadie se atrevió a oponérsele". Además reclama que empieza a odiar la sociabilidad cuando muere Clara.

En 1908 viajó a Europa con su familia por primera vez. Luego (todavía en su juventud) estudió dibujo en París con Giorgio de Chirico y Fernand Léger. Entre sus amigos figuraba el escritor italiano Italo Calvino, quien prologó sus cuentos. De regreso en Buenos Aires, trabajó la pintura junto a Norah Borges y a María Rosa Oliver, y realizó varias exposiciones, tanto individuales como colectivas. Cuando en 1931 Victoria fundó la revista Sur, que publicó artículos y textos de muchos de los más importantes escritores, filósofos e intelectuales del siglo xx, Silvina formó parte del grupo fundador aunque, al igual que Borges y Bioy, no tuvo un lugar preponderante en las decisiones sobre los contenidos a publicar, tarea que desempeñaban Victoria y José Bianco.
En 1932 conoció a Adolfo Bioy Casares, con quien se casó en 1940. La relación entre ambos fue compleja, y él abiertamente tenía amantes. Algunos autores han descripto a Ocampo como víctima pero otros, como Ernesto Montequin, han rechazado este retrato: "Eso la pone en un lugar de minusválida. La relación con Bioy fue muy compleja; ella tuvo una vida amorosa bastante plena... La relación con Bioy podía hacerla sufrir, pero también la inspiraba". En 1954 nació Marta, hija extramatrimonial de Bioy, a quien Ocampo crio como si fuera propia. Permanecieron juntos hasta su muerte, pese a las frecuentes infidelidades de su esposo.
Primeras publicaciones
En 1937 publicó su primer libro de cuentos, “Viaje olvidado”. Compuesto por relatos de extensión breve (la mayoría no supera las dos páginas), el libro fue reseñado por Victoria Ocampo en la revista Sur, donde señaló las marcas autobiográficas de los cuentos y le reprochó el haber "distorsionado" esos recuerdos de infancia. Sur fue creado por Victoria y jugó un rol fundacional en la vida de Silvina: "Allí, aparecen los primeros cuentos, poemas y traducciones de su hermana menor. Allí, se configura un grupo sólido de escritores que además arma el privilegiado y estrecho círculo de afinidades electivas de Silvina: Borges, Bioy, Wilcock...”
A pesar de las negativas críticas iniciales de Viaje olvidado, hoy en día el libro es considerado un texto fundamental dentro de la obra de la escritora, en el que ya aparecen los rasgos y temas que caracterizan su escritura, y que iría desarrollando y perfeccionando en libros posteriores. Unos años más tarde colaboró con Borges y Bioy en la preparación de dos antologías: “Antología de la literatura fantástica” (1940), con prólogo de Bioy, y “Antología poética argentina” (1941). En 1942 aparecieron dos poemarios, “Enumeración de la Patria” y “Espacios métricos”, a partir de entonces, alternó la narrativa con la poesía.
En 1948 publicó “Autobiografía de Irene”, cuentos donde muestra una mayor soltura en la escritura y aparece una mayor influencia de Borges y Bioy. A pesar de esto, el libro tampoco tuvo mucha repercusión al momento de su aparición. Dos años antes había escrito una novela policial a cuatro manos con Bioy Casares, “Los que aman, odian”.
Tras varios años de publicar únicamente poesía (“Los sonetos del jardín”, “Poemas de amor desesperado”, “Los nombres”, que obtuvo el Premio Nacional de Poesía) volvió al cuento en 1959 con “La furia”, con el que finalmente obtuvo cierto reconocimiento y suele considerarse el momento en el que Silvina alcanza la plenitud de su estilo y del tratamiento de sus temas.
Los 60
La década de 1960 sería algo menos activa en cuanto a presencia editorial, ya que sólo publicó el volumen de cuentos “Las invitadas” (1961) y el poemario “Lo amargo por dulce” (1962).24 En contraste, la década de 1970 fue algo más fecunda. Aparecieron los poemas de “Amarillo celeste”, “Árboles de Buenos Aires” y “Canto escolar”, los cuentos de “Los días de la noche y” una serie de cuentos infantiles: “El cofre volante”, “El tobogán”, “El caballo alado” y “La naranja maravillosa”.
Últimos años y publicaciones póstumas
La publicación de sus dos últimos libros, “Y así sucesivamente” (1987) y “Cornelia frente al espejo” (1988), coincidió con la aparición del Alzheimer, que fue mermando sus facultades hasta dejarla postrada durante sus tres últimos años. Falleció en Buenos Aires el 14 de diciembre de 1993 a los 90 años. Fue sepultada en la cripta familiar del Cementerio de la Recoleta, cementerio donde también está enterrado Bioy Casares.
Póstumamente aparecieron volúmenes que recogían textos inéditos, desde poesías hasta novelas cortas nunca editadas en libro. Así, en 2006 se publicaron “Invenciones del recuerdo” (una autobiografía escrita en verso libre) y “Las repeticiones”, una colección de cuentos inéditos que incluye dos novelas cortas, “El vidente” y “Lo mejor de la familia”. En 2007 se publicó por primera vez en Argentina la novela “La torre sin fin”, y en 2008 apareció “Ejércitos de la oscuridad”, volumen que recoge textos varios. Todo el material fue editado por Sudamericana, que también reeditó algunas de sus colecciones de cuentos. En 2010 se publicó “La promesa”, una novela que Ocampo empezó alrededor de 1963 y que, con largas interrupciones y reescrituras, terminó entre 1988 y 1989, apremiada por su enfermedad. La edición estuvo al cuidado de Ernesto Montequin.
Obra narrativa
La obra de Silvina Ocampo es reconocida principalmente por su inagotable imaginación y su aguda atención por las inflexiones el lenguaje. Dueña de un lenguaje cultivado que sirve de soporte a sus retorcidas invenciones, Silvina disfraza su escritura con la inocencia de un niño para nombrar, ya sea con sorpresa o con indiferencia, la ruptura en lo cotidiano que instala la mayoría de sus relatos en el territorio de lo fantástico.
Esta habilidad lingüística se advierte temprano en su colección de cuentos “Viaje Olvidado” (1937), influida por el nonsense literario de Lewis Carroll, Katherine Mansfield y seguramente por el surrealismo que aprendió de sus maestros pictóricos. El título del libro se refiere al cuento homónimo en que una niñita intenta recordar el momento de su nacimiento, logrando su autora un tejido de imaginación pura sobre la base de una típica duda infantil.
Si los relatos de este volumen parecían más bien miniaturas o pequeños pantallazos de la memoria deformados por la imaginación, sus siguientes colecciones (“Autobiografía de Irene”, y muy especialmente “La furia” o “Los días de la noche”) conservan un poco más la estructura tradicional del cuento y muestran a la Silvina Ocampo más prototípica. Metamorfosis, ironía, figuras persecutorias, humor negro, y el reinado imperante del oxímoron y de la sinestesia marcan esta serie de relatos donde aparecen incesantes galerías de personajes y contextos dominadas por pasillos y patios de grandes caserones así como por la enigmática presencia de niños ligados al horror y la crueldad como víctimas o victimarios, según la ocasión.
A pesar de su reclamada indiferencia hacia la política, se sugiere que la política de la época tuvo una gran influencia en la escritura de ella. "Mientras tanto, el golpe de 1943, el ascenso de Perón y sus sucesivos gobiernos, de 1946 a 1955, afectan a este grupo literario decididamente antiperonista. Los discursos viscerales de Eva Perón contra la oligarquía, la presencia de los "cabecitas negras" en las calles, las grandes movilizaciones eran datos que ponían, por primera vez, en el centro, un poder que los ofendía como clase."
Obra poética
Su labor poética estuvo dominada en un principio por los metros clásicos y por rimas inocentes, muchas veces dedicadas a la descripción y exaltación de la belleza de elementos naturales como las plantas (confesa pasión de la escritora) como se puede apreciar en “Espacios métricos” o en “Los sonetos del jardín” que tras el poemario “Enumeración de la patria” siguieron a “Viaje Olvidado”. Sin embargo, poemarios posteriores como “Los nombres”, “Lo amargo por dulce” o “Amarillo celeste” muestran un verso más elaborado y a la vez desinteresado por el clasicismo.
Con “Espacios métricos”, publicado en 1942 por la editorial Sur, obtuvo el Premio municipal en 1954. Obtuvo el Segundo Premio Nacional de poesía por “Los nombres” en 1953 y volvió a obtener una distinción en 1962 por “Lo amargo por dulce”, el Premio Nacional de poesía.
Recepción crítica
Durante la mayor parte de su carrera, la crítica argentina no reconoció el mérito de las obras de Ocampo. Debido en cierto punto a su relación con Jorge Luis Borges, sus cuentos fueron menospreciados por no ser "suficientemente borgeanos". Fue el culto a Borges y a su hermana Victoria Ocampo lo que no dejó que los críticos comprendieran la originalidad formal y temática de sus cuentos. En cambio, los vieron como "un fracaso en su intento de copiar el estilo". Recién en la década de 1980, críticos y escritores empezaron a reconocer su talento y escribir sobre su legado. Fue reconocida en los Estados Unidos en 1983.3 Fueron los "representantes más conspicuos de la revista Sur los que intentan rescatar el acervo cuentístico de esta autora", entre ellos José Bianco, Sylvia Molloy y Enrique Pezzoni.

Ocampo ha sido descripta como una mujer tímida que se negaba dar entrevistas y prefería el perfil bajo. Los críticos querían una declaración firme sobre su posición respecto de la "norma literaria" para saber cómo leerla y asegurarse de la interpretación correcta, pero no lo lograban. En una entrevista con María Moreno una de las pocas que otorgó– Ocampo explicó por qué no le gustaba dar entrevistas: "Tal vez porque protagonizó en ellas el triunfo del periodismo sobre la literatura." El único requisito que puso Ocampo para ser entrevistada fue que ninguna de las preguntas fuera sobre literatura. Lo único que dijo acerca del asunto fue lo siguiente: "Escribo porque no me gusta hablar, para dejar un testimonio más de la vida o para luchar contra ese exceso de materia que acostumbra a rodearnos. Pero si lo medito un poco, diré algo más banal".
Esa costumbre de Ocampo de negarse a decir mucho sobre su vida privada, metodología y la literatura hace difícil para los críticos desarrollar un análisis sobre sus intenciones. Para Judith Podlubne, las obras de Ocampo son metaliterarias. Dice que la falta de información sobre de dónde viene la escritora resulta en una dependencia sobre las normas literarias: "Como es claro, entonces, la intencionalidad metaliteraria y la justificación paródica responden puntualmente a un interés preexistente de la crítica: el de leer estos relatos en estrecha vinculación con las exigencia de la norma". Sylvia Molloy sugiere que la crítica intenta reducir la originalidad a algo conocido, "leyendo lo leído" en vez de leer los cuentos de Ocampo en su originalidad.
En los últimos años la crítica ha redescubierto a Ocampo, y se han publicado algunas obras inéditas en recopilaciones como “Las repeticiones y otros cuentos” (2006) o “Ejércitos de la oscuridad” (2008).
Género
Debido a que Ocampo pocas veces ha opinado directamente sobre cuestiones de género, no se sabe con certeza si se consideraba o no una feminista. Los críticos han tomado sus posiciones dependiendo de su interpretación de sus obras. Debido a su asociación con Simone de Beauvoir a través de su hermana Victoria, Amícola deduce que Ocampo fue una feminista de la tradición francesa e inglesa: "Es evidente que las hermanas Ocampo eran sensibles a los cambios que se anunciaban desde Francia (e Inglaterra) para la cuestión femenina y, por ello, no es inconsecuente intentar pensar los cuentos de Silvina Ocampo como una lectura especial y puesta en discurso de lo que percibe la mujer ante el mundo".
Carolina Suárez-Hernán considera que Ocampo es una feminista o por lo menos trabaja "desde ángulos feministas". Suárez-Hernán basa su opinión sobre el contexto de la literatura de Ocampo: "La literatura de Silvina Ocampo contiene una profunda reflexión sobre la feminidad y numerosas reivindicaciones de los derechos de la mujer, así como también una crítica sobre su situación en la sociedad". Los trabajos de Ocampo provienen de un "imaginario femenino [...] variado y la autora encuentra distintos mecanismos de creación y deconstrucción de lo femenino". Las mujeres en sus obras son "complejas y ambiguas; la duplicidad del personaje femenino se muestra a través de recursos como el artificio y de la máscara. Los relatos presentan el lado oscuro de la feminidad; la múltiple representación femenina muestra una ambigüedad que anula la visión unidimensional del personaje femenino".
A partir de tres cuentos –"Cielo de claraboyas" (1937), "El vestido de terciopelo" (1959), y "La muñeca" (1970)– Amícola sugiere que los cuentos de Ocampo cuestionan la ausencia del sexo-género y de la visión femenina en el psicoanálisis desarrollado por Freud, con enfoque especial en lo horroroso. Amícola hace lo que Ocampo no entiende de los críticos, se enfoca demasiado en lo horroroso de sus cuentos e ignora el humor. Ocampo le contó a Moreno su frustración: "Con mi prosa puedo hacer reír. ¿Será una ilusión? Nunca, ninguna crítica menciona mi humorismo".
En contraste, Suárez-Hernán propone que el humorismo usado en la obra de Ocampo ayuda a subvertir los estereotipos femeninos. Para ella, "La obra de Ocampo mantiene una postura subversiva y crítica que encuentra placer en la transgresión. Los patrones establecidos se rompen y los roles son intercambiables; se someten a un tratamiento satírico las oposiciones estereotípicas de la femineidad y la masculinidad, la bondad y la maldad, la belleza y la fealdad. Igualmente, el espacio y el tiempo se subvierten y se borran los límites entre las categorías mentales de espacio, tiempo, persona, animal".
Cuando María Moreno le preguntó qué pensaba sobre el feminismo, Ocampo respondió: "Mi opinión es un aplauso que me hace doler las manos". "¿Un aplauso que le molesta dispensar?", repreguntó Moreno. "¡Por qué no se va al diablo!" fue la contestación. Con respecto al voto femenino en Argentina, Ocampo dijo "Confieso que no me acuerdo. Me pareció tan natural, tan evidente, tan justo, que no juzgué que requería una actitud especial".
Silvina Ocampo, clase, y lo infantil
Amícola sugiere que los intenciones de Ocampo es crear personajes infantiles que "apunta a desmitificar la idea de la inocencia infantil." Lo que se crea es una oposición entre "adultos-infantes", "donde lo que interesa es la función del autoritarismo ejercido dentro del propio mundo femenino." La literatura de Silvina desvíale el territorio infantil. Amícola propone el ejemplo de poner los niños versus los adultos para crear una polarización. Suárez-Hernán también toca el tema pero en respeto a la narrativa. Suárez-Hernán sugiere que "La voz narrativa infantil se convierte en una estrategia para generar la ambigüedad que parte del narrador poco fiable ya que el lector siempre alberga dudas sobre el grado de comprensión de los hechos por parte del narrador así como sobre su credibilidad."
Para Suárez-Hernán, "Los cuentos muestran la asimetría entre el mundo de los adultos y el mundo infantil; los padres, maestros e institutrices encarnan la institución sancionadora y son con frecuencia figuras nefastas." Suárez-Hernán considera las mujeres, los niños, y los pobres en “Silvina's literatura” como actuando junto en su compartimiento de una posición subalterna dominada por estereotipos. Es claro que en las obras de Ocampo el mundo de "la infancia se privilegia sobre la edad adulta como espacio apropiado para subvertir las estructuras sociales; así, la mirada infantil será el instrumento para socavar las bases estructurales y transgredir los límites establecidos." Sin embargo, Suárez-Hernán cree que "los poderes atribuidos a la niña y su perversidad generan perturbación en el lector que no puede evitar identificarse con la mujer adulta.
Temas y símbolos recurrentes
La reflexividad
El tema de la reflexividad está presente en muchas de las obras de Ocampo. El concepto de la reflexividad se puede definir, en términos de objetos literales, como un representación de "elementos temáticos en relación con el yo y el otro ... la identidad y la alteridad", y como un enlace entre otros textos. En su colección de cuentos cortos “La Furia,” vemos la repetición de objetos como los espejos, la luz, objetos de vidrio, y los relojes. El uso de la luz reflejada y los objetos que la reflejan están repartidos muchas veces a través de las obras. Algunos autores como María Dolores Rajoy Feijoo interpretan estos objetos reflexivos, como los espejos y los relojes, como vehículos del autor reflexividad, y la identidad modificada y reproducida, en los cuentos fantásticos de Ocampo. "En lugar de ver el cuarto reflejado, vi algo exterior en el espejo, una cúpula, una suerte de templo con columnas amarillas y, en el fondo, dentro de algunas hornacinas del muro, divinidades. Fui víctima, sin duda, de una ilusión" (Cornelia frente al espejo) El uso de la reflexividad como un identidad doble persiste en "La casa de azúcar": "Desde ese día Cristina se transformó, para mí, al menos, en Violeta". Esta ambigüedad, específicamente el uso de la incertidumbre en "para mí", representa la ambivalencia de la identidad, la reflexión, y la interpretación de la identidad del otro.
La niñez
La niñez es un tema recurrente en los cuentos de Ocampo. Aunque el uso de la perspectiva infantil es algo en común con otros autores latinoamericanos, Ocampo se distingue por su perversión de la perspectiva infantil. El sentido de perversión de la infancia ha llevado a muchos críticos a hacer conexiones psicológicas entre sus cuentos y las teorías freudianas. Según Fiona Joy Mackintosh, "Los ideas de Freud, específicamente sus ideas sobre los sueños, el tabú, y la perversión polimorfa de los infantes, son algunos de los elementos claves que estando al acecho como un precursor ubicua dentro las líneas del texto en los cuentos de Silvina Ocampo". Ocampo también experimenta con los consecuencias de vivir en un mundo separado de la sociedad adulta en "La raza inextinguible", pero también explora elementos involucrados en el proceso de envejecimiento y alude que hay efectos positivos implícitos en los personajes quienes mezclan los rasgos infantiles con los de adultos. Una de sus obras más notable que trata el tema de la perversión de la niñez es "El pecado mortal", que narra el engaño de una niña por un criado. Luego, la niña hace su primera comunión sin confesar su pecado. Algunos críticos han interpretado este cuento como un intercesión de la perversión de la infancia, el despertar de la identidad sexual y la incorporación de diversas clases sociales y la subversión de poder que estos actos sexuales suponen.
La metamorfosis
En muchos de sus cuentos, Ocampo usa los cambios físicos y psicológicos (caracterizados como la metamorfosis) para transformar muchos de sus personajes en otro. Estos incluyen, pero no son limitados a- la transición de los personas que transforman en plantas (la hibridez humano-vegetal enviciado en “Sabanas de tierra”), los que se transforman en animales (la hibridez humano-felino enviciado en “El rival”), los que se trasforman en máquinas (la hibridez humano-inanimado enviciado en “El automóvil”), y los que se trasforman en otras personas (por ejemplo en “Amado en el amado”).

Un análisis notable del papel de la metamorfosis y como usa Ocampo los cambios graduales dentro su cuento "Sabanas de tierra", para destacar el proceso metamórfico de un jardinero en una planta. Estés cambios típicamente están notados por sus transiciones en los sentidos y los acciones, por ejemplo el sonido, el olor, cambios visuales, y el gusto. Según Juan Ramón Vélez García, muchos de estos procesos de metamorfosis indican conexiones bíblicas de Génesis, interpretando los rasgos de la transformación de sus personajes como un ciclo o regreso, destacando la frase bíblica “pulvis es et in pulverem reverteris” (Velez Farcia K.R. 2006). Los personajes en “Sabanas de tierra” no tienen nombres propios, algo que Ishak Farag Fahim considera "...lo que refleja una tendencia a generalizar el concepto y la cosmovisión que el cuento pretende comunicar"



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