Tuesday, December 09, 2008

Diana Poblet, nace un otoño del 1954 en Viedma, Río Negro, Argentina. Hoy reside en Capital Federal luego de haber pasado los últimos diez años en Temuco, Chile.
Escribe desde muy chica y estudiò Filosofía y Letras creyendo erróneamente- Segùn nos dice- que tendría afinidad con su afición a escribir.
En 1996 gana el concurso de Editorial Dolmen en Chile y la Corporación Cultural de Alto las Condes de Santiago con su novela "Sólo por hoy", la que fue editada durante el mismo año. Vuelve a editar en el año 1998 una novela para adolescentes llamada "Vivir a prueba" la que fue distribuida en colegios secundarios por su contenido sobre la problemática de las drogas.
En el 2001 se edita en EEUU su novela "El manual del vuelo".
"Cenizas de sol" es su primer libro de poemas.
En el 2006 participa en el libro de las Madres de Plaza de Mayo: "Memoria, Verdad Y Justicia a 30 años y por los 30.000" . En el 2008 Ediciones En la Claridad de la Noche edita su quinto libro, el poemario: " De Pétalos y Espada".
Ha sido finalista del Concurso de Cuentos Max Aub en España, y publicada en diversas revistas virtuales, Arzeazul, Poesía Sociedad Anónima, MindFire, Ediciones El Salvaje Refinado, Isla Negra, www.antoniomiranda.com.br, Inventiva Social, Papirolas, La máquina de Escribir, Isla Negra, Arze Azul, Remolinos, Mis Poetas Contemporáneos, Poetas del Mundo, Poemas en Añil, Cayo Mecenas, etc.

Diana se autodenomina traficante de palabras y nos asegura que: "aún persevero en la mayor adicción que he tenido: escribir ·

"Tengo un frasco de luciérnagas para iluminar la noche que llevo encima"


Diana Poblet





Diez minutos de luto

Cada vez que alguien muere recuerdo a Federico y es como si todo volviese a suceder.

Regresa el Jacaranda del patio a ufanarse de sus flores azules; la hora tibia y pegajosa de la siesta adónde todo era posible; las alcahueterías de mi hermano siempre dispuesto a atestiguar en mi contra, los picados de fútbol en el baldío, la bicicleta roja, la primera cita a la que nunca llegué, casualmente, por culpa de Federico.

El día del accidente había mala visibilidad, era uno de esos días opacos que no se ve ni a veinte metros, salimos de casa en mi bicicleta, él iba parado en el portaequipajes como era su costumbre y desde ahí le iba gritando a todo el mundo, era muy divertido, con él era imposible aburrirse.

A lo largo de mi vida, he logrado hacer muy pocos amigos con su chispa y genialidad, a pesar de ser dos años mayor que yo, nunca me pasó la factura y por falta de tiempo no se lo agradecí lo suficiente. Cuando se es niño no es frecuente relacionarse con alguien de más edad sin sentirse disminuido intelectual o físicamente, hasta que la relación por alguna de las dos causas, fracasa.

Lo más extraño fue que él nunca se bajaba en aquella esquina, frené porque el semáforo estaba rojo y aprovechó para largarse, hasta me gritó algo que no alcancé a oír y pedaleé al doble de revoluciones porque llegaba tarde a inglés y el profesor me tenía entre ojos.

Desde la cuadra siguiente escuché el chirrido de la frenada y cuando me di vuelta Federico estaba tirado en el asfalto; arrojé la bicicleta a un lado y a los gritos me metí entre la gente que invariablemente en esas circunstancias exhibe una curiosidad indiferente.

Sin saber qué hacer, atragantado con mis lágrimas corrí hacia mi casa, por Dios, llamen a la policía, detengan a ése conductor borracho, llamen a una ambulancia, a los bomberos, a mis amigos. No lo dejen morir, ¡Federico se me está muriendo en el medio de la calle!.

Eran las once y ésa misma tarde lo sepultamos.

Qué tristeza.

Jamás nada dolió tanto.

Fue entonces cuando decreté los diez minutos de luto.

Federico había compartido con todos y era justo que tuviese un funeral de lujo.

Llamé a Carlos, a Nora, al Flaco, a Rocío y a Juanjo éramos como siete y todos lo apreciaban aunque ninguno lo amaba como yo.

A mí me correspondió ir detrás del féretro porque era el más doliente.

El féretro finalmente, fue una caja de zapatillas Nike número 44, de mi viejo, así no tuvimos que doblar demasiado las plumas de la cola. La atamos con cinta de regalo y fue arrastrada despaciosamente por el triciclo de mi hermano que en el portaequipaje llevaba ramitos de trébol y alguna margarita robada a la vieja de enfrente; detrás marchaban de a pie Nora y Rocío con mantillas negras sobre la cabeza y el Flaco y Juanjo en sus bicis.

Sólo se escuchaban nuestros pasos y algún resoplido producido por los vehículos de tracción a sangre.

Todo fue muy protocolar.

Hablar lo que dice hablar, hablé yo. Dije que Federico había sido muy buen loro como para empacharlo de palabras y, que dada la triste circunstancia, estaría acertado efectivizar diez minutos de luto antes de enterrarlo bajo el nogal. Yo creía que desde ese lugar no sería tan traumático su vuelo hacia el paraíso de las cotorras, ya que siempre había tenido predilección por las nueces.

Aún no he perdido a nadie que me haya producido aquella angustiosa sensación de soledad, ésa tristeza insondable que sólo es posible sentir en la infancia.

Y es por eso que cuando alguien muere, indefectiblemente, recuerdo a Federico.







La chancha y las veinte

a Berta -



Cuando llegó a la casa era una bolita rosada que enamoró a todos aunque nunca imaginaron que fuese domesticable. Con sólo pronunciar su nombre corría al encuentro y comenzaba su inspección olfativa.

Es cierto que un chancho es una mascota poco habitual pero para ella era la compañía predilecta, siempre limpia y rozagante, como para terminar con esa fama de animal sucio. Así pasaron meses hasta que Amin se convirtió en una hermosa cerda rosa, con innumerables pretendientes porcinos en todo el pueblo.

Que Diego llegara a la casa aquel día de septiembre fue raro, pero más insólita fue su pretensión de cruzar a la bella Amin con un chancho de su corral; un chancho cualquiera, blanquinegro y mugriento. Berta puso el grito en el cielo, pero él le explicó que el chancho tenía pedigrí, que era de raza, que lo había comprado en una exposición de la Rural y no conseguiría mejor yunta para Amin. Luego de una pava de mate y seis cigarrillos, Berta aún seguía dudando pero íntimamente pensaba que sería beneficioso para la chancha poder ser mamá de diez hermosos cerditos que además, alegrarían el patio con sus colas enroscadas y sus trompitas suaves.

Así salió Diego de la casa con Amín caminando alegremente a su lado.

Transcurridos cinco años con reclamos de devolución de diferente calibre, muy agotado por la insistencia de Berta y sus escenas en la plaza, el Banco del pueblo, y en cualquier casamiento adonde coincidieran; Diego confesó.

Dijo, que estando próxima la Navidad en aquellos lejanos días, no pudo resistirse a la tentación de recostar a Amin en la mesa de gala con su rosadísima boquita abierta mordiendo una manzana Granny Smith verde y lustrosa.

Y hoy, pasados más de treinta años, aún no comprende, porqué Berta no perdona.

8 comments:

Omar said...

Qué textos tan interesantes... me fascina la mirada de la mujer narradora; sus resonancias y complicidades.

Muy bueno.

Saludos.

Gustavo Tisocco said...

qué bueno Ricardo que hayas invitado en tu espacio a la Diana Poblet, excelente poeta, excelente ser...
Un abrazo a los dos Gus.

Elisabet Cincotta said...

Brav por Di y su cuento... un placer leerla

besos
Elisabet

RICARDO JUAN BENITEZ said...

Querida Diana, bienvenida. Pude disfrutar de tu sensibilidad, el humor fino, la nostalgia infantil, la palabra exacta en el momento justo. Gracias.

diana poblet said...

Gracias Omar por dejar tu visión de mi narrativa. El tiempo del lector que lee y comenta es digno de agradecimiento. Hoy, mi tiempo es lo más valioso que llevo puesto, por eso valoro el tiempo de los demás.
Parte un abrazo hacia tu bella tierra,
d.

diana poblet said...

Gus querido, andás por todos lados, duende poeta, gracias por tus palabras.
Un abrazo, te llevo siempre,
d.

diana poblet said...

Eli querida, cuántas ganas de verte, gracias por la pasadita.
Te abraza,
d.

diana poblet said...

Gracias a vos Ricardo,por este espacio,siempre digo que un lugar nuevo es otro café, otro abrazo, otra mirada para pescar estrellas.
Me ha puesto feliz que te gustase la elección de los textos porque no sabía si enviar algo muy serio ó algo más tierno, como finalmente salió.
Es muy cómoda tu casa, llena de voces amigas que disfrutaré de a poco y sin pausa.
Un abrazo,
d.