Sunday, July 26, 2009

En la red se lee: "Emmanuel Cassanese nace en 1978 en Capital Federal, Argentina. Cursó la carrera de Licenciatura en Psicología en la U.B.A. Es poeta y clown". .. Lo que pocos saben es que tambièn cuenta cuentos.





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UN SILENCIO EXTERNO


La tarde se dirigía inexorablemente hacia su final. Caracol cíclico.
Se nos venía el salto olímpico del anochecer en el balneario de Quilmes.
La línea recta que supuestamente separa el cielo del río, fue borrada por el gris continuo donde no sabíamos si las embarcaciones marchaban a las nubes, patinaban sobre humo o sangraban de algún corazón de acero. ¿Hacia donde van las mismas? ¿Acaso esta no es la hora de los tiempos muertos, de la vida que se descose, de la muerte que asoma su barba atada?
Estábamos los tres, en silencio, o hablando, pero las palabras nos cercaban, nos tapaban del frío, se disolvían en el aire, daban volteretas, se tornaban naranjas, azules o grises (allí se perdían) e incluso algunas se acercaron por la borda de dos barcos que sobresalían a lo lejos. Asomaron, ambos, a nuestro panorama y nuevamente la pregunta: ¿Hacia dónde carajo caminan? Son como esas preguntas originarias fundadoras de mitos: ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? Y agregaría otra: ¿Cómo paramos este atardecer que se nos escurre de las manos?

Dos barcos en dirección opuesta e idéntico final: cruzarse en algún momento.
—¿Qué hora es Juan? —pregunto.
—Las 5 y 11.
—Bien, yo digo que se cruzan a las 5 y 29.
—A las 5 y 45 —con risa que se perdió con el viento, decidió Marie.
—6 menos 20 se cruzan —remató Juan.

¿Qué recuerdos trae el olor de este río? Su pintura gris y naranja, ¿qué amnesia descubrió? Trajeada la tarde se va desvistiendo. Tememos su desnudez. ¿Es que no habrá otra igual, acaso? Sólo esa. Testigos privilegiados, nosotros. Celamos el cortejo al cual no nos invitaron. Volvemos a los barcos. Se acercan, lentos, como doliendo la tarde, masticándola.

—¡5 Y 23!

No acertamos, pero fue como una palmada para ir partiendo, el frío envalentonado conversaría con el río y fue como una forma de invitarnos a retirarnos. De nada hubiera servido contradecirlo, además no solemos meternos en asuntos privados y menos aún cuando el naranja fue acallado y el sol desarticulado. Los de afuera son de palo dicen. Y asi lo entendimos, no obstante sabíamos del mate que en la casa de Marie nos esperaba y allí fuimos.
Comentamos fotos, observamos la casa, comparamos las dos heladeras y nos sorprendimos con los retoques del baño. Felipe, el perro, logró calmarse. Nosotros (Juan y yo) nos inquietamos con el silencio de plomo que habitaba la casa, antes que Marie, antes que Dios planificara su primer día. Era como toneladas de plumas, kilómetros yermos de vegetales sin nombre, flores durmientes de otoño, el silencio que habitaba su casa.
—¿Un silencio externo, Emmanu? —Juan trató de ponerle palabras al génesis de caracteres de barro.
—Sí, algo así. —insinué, pero fueron como palabras sueltas en un océano. Ni Noé, en su arca, podría hacer pares con las mismas.

Hubo un silencio que nos llamó la atención y aún queda la tensión que me lleva a relatarlo. La casa de Marie guarda esos misterios.

Ya de noche, callados, Juan y yo nos marchamos. Porque todo fin exige marcharse. Algunas gotas de lluvia comenzaban a deslizarse. Alocados los vectores del viento nos dieron suaves estocadas. Sangramos sin palabras, perfumes grises.

En silencio nos despedimos.

A Marie y a Juanma.

CUPIDO

Escupidos quedaron sus prejuicios y pensamientos enmascarados y enmarañados en medievales proverbios ineficaces, escrupulosos, fríos, y denigrantes como humo de madera incinerada en campamento de guerrilleros derrotados y solitarios. Escupido su pasado de calesita de plaza en un atardecer de leve llovizna invernal y recuerdos de sonrisas que alguna vez fueron gotas oceánicas. ¿Es Cupido el mentor del desborde?
No aguantó más el oleaje sedicioso que invadía su cuerpo, desde la punta del último pelo negro de su cabellera excitada hasta sus dedillos del pie, blancos como leche en jarros de amaneceres. Maura tan tímida y despoblada como todos la habían conocido y prejuzgado (eternamente virgen y descendiente directa del Arcángel Gabriel) había decidido romper y quebrar sus propios límites, esos que por naturaleza humana impiden la degustación del néctar en medio de un clima nefasto de rosas de acero y conspiradoras espinas. Fue más bien la dulzura salvaje y volcánica de lava efervescente la que torció su destino casi rutinario de desnudez cubierta con pieles de zorros enojados con los senos impacientes por dar a luz. Maura se enamoró. Como loca, atea, sin cura, con sed infernal. Pero lo curioso es que Cupido no logró participar de esta alborada de pianistas y bandoneonistas aprisionados en la exhibición de su lujuria con guitarras en ropa interior y terrazas de sensualidad abrazadas al primer amanecer. Sus flechas, firmes por convicción, se rehusaban a dispararse. Maura parecía inmune al accionar de este ángel quien sólo por un instante, casi se sintió ¿enamorado?, ¿casi probó de su propia medicina?
Quedó atónito, y en la sala de penúltimos augurios le diagnosticaron una herida en su estima, como una herida de flecha… pero ¿de quién?... ¿Acaso, fue asestado? Ante este desconcierto de músicos mancos y dolor apagado como función de teatro infantil escondido y no descubierto en la calle cortada por una fábrica que ya hace tiempo no funciona, Cupido buscó respuestas en los textos de Freud, en el Cantar de los Cantares, en la contemplación de una rosa en domingo por la mañana, pero sólo se encontró con su propio desierto de ala impar, en su soledad de arco y conquistas petrificados en miel arcaica. En verdad estalló al igual que Lucifer frente a la incomprensión compulsiva de un atardecer acaramelado encuadrado con una manada de pájaros que volvían no se sabe a donde. En alguna otra parte, en las antípodas de la incomprensión, tres viejos
compulsivamente se imbuyen en el misterio de la vida durante el crepúsculo, mientras en una casa cercana una zamba enamoraba a dos jóvenes descreídos.
Y su sexo, ¡qué pasión!, ¡qué caricias! ¡qué movimientos de víbora embriagada! Maura resucitó en orgasmos, ¿cuántos?, dos mil quinientos cuarenta y tres, ¿acaso?, uno más intenso que otro, como si esa procesión sideral fuera una revolución, astrológica e infinita. Una guerrilla victoriosa en su monte triangular, profundo y babeante, en sus senos desenfrenados, en su boca de durazno tierno y genitales rodeados de laureles. Tanto placer le permitió ver las estrellas y una de ellas fue fugaz. Comentan, los más delirantes, que Dios escrutó con recelo aquella vehemencia de mujer descasillada, encinta de gemidos incontrolables y que un poco se asustó. ¿La habrá deseado? Sospechase que Dios se preguntó por la verdadera concepción teológica del pecado mientras perfumaba su eterna
barba con lavanda vieja y recordaba a Spinoza descansando en una biblioteca de milenios azules.
Los gritos de Maura alcanzaron a los avernos y parece que habían perturbado al Diablo, quien con plácida expresión, despertaba de una siesta, justo un minuto antes del atardecer. Sus llamas perfumaban eucaliptos. Advino la compulsión que solía atormentarlo y registró en una visión de índole alucinatoria a tres ancianos sentados en hilera con el reflejo anaranjado sobre sus rostros surcados por la vida. Crepúsculo. Lloró, y




................sus lágrimas cayeron ya en el ocaso



................en el primer rayo de sol que se recostaba.
................Advirtiéndose excluido de la coautoría
................Cupido reventó de odio
................y esculpido quedó el sexo de



...............................................................Maura,
.....obra de arte, pues en ella, siempre, habitó.


Diferente es la historia de Libio. Era feo. Tanto que a la primera impresión generaba una arcada que se podía, esmerándose, disimular con una tos leve. Los niños se morían de síncopes cardíacos, los jóvenes lo asustaban con enviarlo al museo exótico australiano del Brontosaurio y a los viejos se les escapaban sus ojos en busca de la extrema purificación. Acreditaba en su haber unos ochocientos cuarenta y cinco millones trescientos cuarenta y dos mil ciento sesenta y uno coma diecinueve rechazos -sin contar ancianas y niñas-. Hasta el mismísimo Cupido que ya era famoso por concretar los amores más inesperados pensó que flechar a Libio era como dedicarse a plantar algas marinas en pleno desierto del Namib, ubicado en las costas del África sudoccidental. Pero su gran experiencia le promovió cierta confianza. Entonces, empezó con los flechazos, pero las flechas con tal de no acercarse a ese hombre de Neandertal postmoderno, eran capaz de insertarse en sauces llorones, quitarles esa amargura tanguera que portan, y provocarles un amor primaveral con los enanos de los jardines más próximos. Así de imposible era su fealdad. Libio lo sabía, y nunca se dejó vencer por su pre-biológica humanidad.
Viajó por diferentes países, atravesó mares y ríos, condados, pueblos, llegó hasta Macondo en donde las mujeres ni siquiera le dieron el Buendía. Conoció a negras, pelirrojas, rubias, peladas y peludos. Pero nada. No había caso, hasta las ovejas permanecían apoyadas con el traste aferrado al firmamento. Llegó, después de trámites burocráticos y peajes arbitrarios a entrevistarse con el hombre que sabe más por viejo que por sabio, pero éste se espantó de tal manera que llegó a curarse, por unos días, de una compulsión inconfesable. Mandinga despachó un fax desesperante a los Cielos inquiriéndole a Dios si Libio lo reemplazararía. Temió, frente a semejante espantajo, perder su puesto de vendedor de azufre en la feria insondable. El Señor de las Alturas se preocupó por la angustia de su ángel caído y convocó con premura a Libio para reconocerlo. No son confiables las fuentes respecto de lo que había sucedido en dicha cita, pero sabemos sin embargo que bastó para que el Creador exclamara: “¡Dios mío, dame
valor para superar este momento!” Claro que dicha autoconvocatoria prodújole una escisión en su personalidad que aún hoy -y el tiempo ha pasado- sigue elaborando en su análisis.

Transcurrieron años, siglos y milenios. Ambos, Cupido y Libio, se toparon por casualidad, en la esquina de San Juan y Boedo. Entraron a tomar un café y se sentaron a una mesa que daba a los recuerdos. Poco antes había sido ocupada por Piazzola quien en si bemol nostálgico evocara su juventud junto a Pichuco. Libio, avejentado, pero con ese aire de búsqueda inquieta como niño en plaza soleada; en cambio Cupido seguía como yerba mala, crecida en su desaliento. Los dos al atisbarse percibieron en el pecho una queja, pero la de Libio era más bien como un susurro de hierbas festivas y extasiadas.
—¿Qué haces por acá? —Preguntó Cupido como león viejo que delega su reinado a la soledad animal que vivió eternamente bajo su corona de espinas de oro, barro y cenizas.
A lo lejos un grillo lloró y en las cercanías Vinicius de Moraes ponía color en una radio vieja (la última noticia anunciaba el derrocamiento de Salvador Allende en Chile) junto a una tarde que escampaba después de tanto tiempo de lluvias en climas de amores imposibles. Los jóvenes zambistas, que pasaban por allí, bailaron al compás de la música sin ocultarse su algarabía de sexualidad misteriosa y desvariada.
—¿Yo? —Contestó Libio suspirando—. Regreso de esculpir una obra de arte interminable…
...............................................“la mujer”.

Atardecía, y Dios aún cebaba mate al Diablo en un paisaje de silencios acompañado de una manada que emigraba no se sabe a donde. Iba acercándose el crepúsculo y tres hombres canosos y forasteros traían bizcochos para compartir.
El cielo tornó del amarillo al naranja con los últimos aleteos. Alguien se emocionó. Comentan los parroquianos que Cupido anda practicando con dardos en un árbol deshojado y que intentaría tomar clases de escultura en el Bellas Artes, pero, en fin, sobre estas habilidades aún carecemos de información convincente.

2 comments:

RICARDO JUAN BENITEZ said...

Emmanuel, creo que tendrías que escribir más seguido prosa. Hay una impronta poética, unas metáforas increíbles y un ritmo, como en ese cuento de los tres chicos, que remiten a Salinger. Esas escenas donde aparentemente "no pasa nada" cuando en realidad "pasa todo". La vida, ni mucho menos. O el querer encontrar la forma de detener el tiempo en un atardecer perfecto.

Anonymous said...

Querido Emmanuel:
Aún tengo en mis papilas el gusto a galletitas dulces de la tarde en que me leíste esos relatos. Me parecieron literatura de primera categoría en aquella ocasión y lo ratifico ahora con la lectura. Coincido con Ricardo. Deberías abordar la prosa, este tipo de prosa, con más asiduidad. Un abrazo.

Jorge Luis Estrella